El Sindicato Andaluz de Trabajadores ha vuelto a Somonte por séptima vez para reivindicar el derecho a la tierra y al trabajo.
5h del lunes 26 de agosto. Varios militantes del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) entran en Somonte, finca situada en el término municipal de Palma del Río, Córdoba, para volver a ocuparla. Hacía algo más de dos meses que habían sido desalojados de allí por la Guardia Civil, pero el SAT parece no rendirse.La finca, puesta a la venta por la Administración en 2012, fue ocupada por primera vez el 4 de marzo de ese mismo año. El sindicato anticapitalista trataba de evitar que cayera en manos de los grandes terratenientes que podían pujar por ella, a quiénes, según Óscar Reina, su portavoz, “no les preocupa el trabajo sino el beneficio”. Para el SAT, Somonte no es un símbolo, “es una alternativa de resistencia, una necesidad y una posibilidad de empleo para cientos de trabajadores condenados a emigrar de una comarca, la de Palma del Río, profundamente deprimida”.
Una de las líneas rojas de Vox para apoyar los presupuestos andaluces es la eliminación a proyectos memorialistas. La nueva hoja de ruta del Gobierno de PP y Ciudadanos ha derribado un primer objetivo, la web ‘Todos los nombres’, un proyecto con 13 años de vida que ha tratado de dar respuestas a cientos de familias al año que buscaban información sobre sus familiares represaliados durante la Guerra Civil, el franquismo e incluso los primeros años de la Transición. Ante la falta de respuestas de las instituciones, esta iniciativa civil ha logrado rescatar 97.615 nombres del olvido y dar pistas sobre las localizaciones de sus cuerpos en las más de 700 fosas comunes que están repartidas por toda Andalucía.
La promesa democrática, la promesa social, todo sirve para mantener en pie la torre blindada de la explotación de las multitudes. Y sirve naturalmente para acaudillar masas, para gobernar rebaños y esquilmarlos libremente... Aun cuando se intenta redimirnos del espíritu gregario, aun cuando se procura que cada cual se haga su propia personalidad y se redima por sí mismo, nos estrellamos contra los hábitos adquiridos, contra los sedimentos poderosos de la educación y contra la ignorancia forzada de los más. Los mismos propagandistas de la real independencia del individuo, si no son bastante fuertes para sacudir todo homenaje y toda sumisión, suelen verse alzados sobre las espaldas de los que no comprenden la vida sin cucañas y sin premios.Ricardo Mella. Revista Blanca, noviembre de 1930
Exponía con rotundidad y clarividencia el pensador anarquista Ricardo Mella en su ensayo La ley del número, escrito entre 1893 y 1894, que en los sistemas parlamentarios, la ley suprema es la ley del número, es decir, se entiende la democracia parlamentaria como la dictadura de la mayoría, la dictadura del número, al ser esa mayoría quien coge el todo por la parte y se otorga la representatividad global del pueblo, ignorando cualquier opción de consenso, de empatía, hacía cualquier otra opción o alternativa. “La mayoría tiene derecho de reglamentar la vida política, religiosa, económica, artística y científica de la masa social. Tiene el derecho enciclopédico de decidir sobre todas las materias y disponer de todo a su leal saber y entender”. Para Mella, en el fondo se trata de una ficción democrática mayoritaria que finaliza con que unos pocos se encaramen en la “cucaña del poder”.
El medio rural andaluz lucha por recuperar su identidad agraria frente a la amenaza de la despoblación.
Existe una curiosa tradición en algunas comunidades del pacífico colombiano. Cada vez que un niño llega al mundo, sus padres eligen un trozo de terreno y escarban un hueco bien profundo. Allí entierran el ombligo del recién nacido y plantan la semilla de un árbol. Desde ese momento el niño ya está “ombligado”. Luego crecerá, se formará, viajará lejos pero estará para siempre unido a la tierra donde nació. Ese trocito de tripa reconvertido en simiente le recordará toda su vida a dónde pertenece.¿Cuántos ombligos harían falta para salvar eso que algunos han convenido en llamar la “España vacía”? Esa de campos de labriego y casas matas que, con cada vuelta de calendario, se desangra un poco más.