Llegan para trabajar durante tres meses con un salario algo superior a 40 euros/día más horas extras (que no siempre pueden hacer), pero sin garantías de volver con lo acordado, que es lo que les permitiría mantener a su familia en su país. Pero las cuentas no salen. Una crónica de interés.
Las tramas de la explotaciónLas jornaleras contratadas en Huelva tienen salarios míseros, jornadas de siete horas con un descanso de veinte minutos y, en ocasiones, sin posibilidad de consolidar derechos, incluso llevando dieciséis años en la fresa con contratos continuados de obra y servicio. Muchas veces, teniendo que compatibilizarlo con otros trabajos porque el salario no llega, no ya para un mínimo ahorro, sino para la supervivencia diaria. Trabajan bajo una normativa laboral, la del Convenio del campo de Huelva, cuyos incumplimientos resultan difíciles de denunciar por el temor, fundado, a duras represalias y por la inacción de la Inspección de Trabajo. Sus condiciones de trabajo incluyen la vigilancia para controlar su producción (para lo que les ponen un chip), el control de sus movimientos, de la vestimenta, de lo que hablan, incluso del momento para ir al baño (para lo que tienen que apuntarse en una lista).
“Un tempero adecuado para las siembras otoñales, hielo en diciembre para que la planta afirme, aguarradillas en abril para que el sembrado esponje, y sol fuerte en junio para que la caña espigue…”.Así presenta Miguel Delibes (“Castilla, lo castellano y los castellanos”, Austral 2012. P.44) el orden metereológico que aseguraría las cosechas, y cuya ausencia sumerge a los vecinos de una aldea castellana en una tensión que se arrastra el año entero
A ello se suma el brotar incontrolable de plantas malignas y el deterioro provocado por topos o ratas, en referencia a los cuales Delibes narra la disposición de un niño, designado por los aldeanos como “El Nini”, precoz en el conocimiento de los signos anunciadores del tiempo: “si con el alba vuelve el norte arrastrará la friura y la espiga salvará”, exclama ante los hombres que en la taberna se consuelan con vino ante la inminencia de que la escarcha destruya la cosecha.Pero el niño es también ducho en el comportamiento de animales: sabe de la falta de instinto de las ovejas ante el incentivo que supone cierto pasto, y conoce las técnicas del topo para preservar la seguridad en sus galerías:“Por nuestra Señora de la Luz brotaron las centellas en el Prado y el Nini se apresuró a enviar razón al Rabino Grande para que alejaras las ovejas, pues según sabía por el Centenario, la oveja que come centellas cría galápago en el hígado y se inutiliza...
Quizás el nihilismo esencial consista en renunciar a esta posibilidad de seguir actualizando el mundo a través de las palabras, en sentir que decididamente todo está dicho, o incluso que el decir desde el origen poco importa que la confianza en la capacidad humana de otorgar sentido fue simplemente una suerte de espejismo, casi una muestra más de una superada ingenuidad.
Vandana Shiva defiende en este artículo la “comida real” frente a la “comida de laboratorio”. La autora ecofeminista desmonta el mito de que producir comida en los laboratorios salvará a la humanidad del hambre y del cambio climático.
Hace poco leí una columna en The Guardian de George Monbiot y su visión distópica del futuro me dejó impresionada. En él, nadie trabajaba los campos y la gente se alimentaba de comida “falsa” producida por grandes fábricas a partir de microbios.Monbiot terminaba su artículo diciendo que esta comida sintética nos permitirá devolver los espacios ocupados por cultivos, tanto terrestres como marinos, a su estado natural, favoreciendo la vida silvestre y reduciendo las emisiones de carbono. Según sus palabras “esta forma de alimentación nos devuelve la esperanza. Pronto seremos capaces de alimentar al mundo sin devorarlo”.
Un estudio de UPTA detecta un desfase de casi 650.000 personas entre los contribuyentes que declaran en el IRPF ingresos de origen agrario y los que realmente están dados de alta como agricultores en la Seguridad Social.
En España ya hay dos ‘labradores de salón‘, casi tres según algunos cálculos, por cada agricultor que realmente se dedica a cultivar la tierra o criar ganado: los primeros son más de 650.000 mientras los segundos no llegan a 250.000, según indica un informe de UPTA (Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos) sobre el rendimiento económico de las actividades profesionales de los autónomos.¿Y qué es un ‘labrador de sofá’ o ‘de salón’? Básicamente, propietarios de tierras y de zonas de pasto que no explotan pero cuya titularidad les permite desde hace casi dos décadas llevarse una parte importante de los alrededor de 4.000 millones de euros de la PAC (Política Agraria Comunitaria) que la UE reparte en España a través de los llamados “derechos históricos”.
¿Qué pasaría si las administraciones apoyaran al campesinado como apoyan a la banca, a la cultura de masas o a la agricultura industrial?
Muchas de nosotras hemos escuchado de primera mano que con un trozo de tierra o unos cuantos animales se mantuvo a la familia e incluso se consiguió pagar los estudios a la descendencia. Sin entrar en el debate de lo dura y sacrificada que, desde nuestros referentes actuales, pudo o no ser esa vida, hoy en día cuesta mucho encontrar quien pueda vivir de su propio proyecto agrario o ganadero. Muchas conocemos a quienes lo intentan, a costa de incertidumbre, precariedad y autoexplotación, con el impulso que proporciona estar desarrollando mucho más que un trabajo. Con el impulso de la transformación social, de la vocación o de los vínculos afectivos.¿Tiene un trabajo que contener todo esto? Dejamos también este debate aparte para ir a lo sencillo: un trabajo debe estar remunerado de forma digna. El sector agroalimentario, como tantos otros, está controlado cada vez por menos empresas que precarizan las condiciones laborales y de vida y generan enormes impactos ambientales, sociales y económicos para poder competir en el mercado. Alimentos baratos para rentas menguantes.